domingo, 24 de julio de 2016

Veo a las personas como árboles

Les dejo el enlace de una exposición que me edificó muchísimo. A veces lleva tiempo vivir la transformación que Dios quiere hacer en el corazón para ver a las personas, no como "árboles" (como estorbo, como dignas de indiferencia, o como algo de lo cual sacar provecho), sino como lo que son: personas. Esta interesante exposición me ha instado a tener una permanente reflexión acerca de los temas a los que alude, y sinceramente creo que tomarse el tiempo de mirarla no tiene desperdicio. Ojalá que a ti también te sea de ayuda. 
Un abrazo grande. 

jueves, 15 de octubre de 2015

¡Cuántas historias!

Hace mucho tiempo -años- que he tenido ganas de escribir un pensamiento acerca de lo que a continuación leerán. Por cierto, es algo bastante obvio, nada nuevo, pero quizás a veces lo predecible, lo evidente o lo poco original de ciertas cosas es lo que le da sentido y valor a su existencia o a su reflexión. Quiero escribir en esta ocasión acerca de las historias que están contenidas en los recintos de arribo (llegada) y embarque (partida) de viajeros, y también en sus medios de transporte respectivos. Aunque suene redundante, daré como ejemplos, siempre obvios, a los terminales de buses y los buses, los puertos y los barcos, los aeropuertos y los aviones, y así. 

Este pensamiento surgió en una ocasión en que yo viajaba en un bus desde una ciudad a otra no me acuerdo con qué motivo. Creo que era para ir a ver a mi papá. Pasa que yo crecí en una familia en la que mis padres se separaron cuando yo tenía 6 años de edad, entonces para poder ver a mi papá yo tenía que viajar, o viceversa, porque vivíamos en ciudades distintas. No lo recuerdo con tanta claridad, pero sí recuerdo la sensación y la reflexión que me produjo esa situación. Me parece que vi subir a alguien al bus con un equipaje muy liviano, y creo haberlo escuchado hablar de que ese viaje tenía que ver con su trabajo. Y ahí pensé en una pregunta: ¿cuánta gente trabajará fuera de la ciudad donde vive? Y también me pregunté: ¿cuánta gente trabaja lejos de su familia? 

Pero en otra ocasión, y esto sí lo recuerdo con más nitidez, me acuerdo que murió mi abuelo por parte de papá. Mi abuelo residía en otra ciudad, y aunque en mi familia somos cinco hermanos y mi mamá, y aunque eso en sí hace muy caro un traslado familiar (imagínense, comprar seis pasajes ida y vuelta de un momento a otro), simplemente fuimos a acompañar a mi papá al velorio y entierro de mi abuelo. Con ese abuelo la relación fue lejana y la verdad es que, claro, sentimos su partida, pero más nos motivaba como familia el ir a acompañar a mi papá en esa difícil situación. Lo interesante de esa experiencia de viaje, es que yo había llegado a mi ciudad hace pocas horas porque había ido a Santiago por un asunto médico. De hecho, mi papá me había acompañado a esa diligencia. En Santiago mi papá se entera que mi abuelo estaba mal, y yo viajé a mi ciudad, y mi papá viajó a la ciudad donde vivía mi abuelo. Yo llegué a mi ciudad aproximadamente a las 18 horas, y más o menos como a las 21 horas mi papá nos llama para contarnos que mi abuelo había fallecido. Al otro día bien temprano tomamos un bus y nos fuimos a acompañar a mi papá. 

Otra experiencia interesante la viví en un medio fluvial: un viaje que hice en barco desde Buenos Aires (Argentina) a Colonia (Uruguay). Esto fue el año 2005, año en que yo empecé a vivir en Argentina. El viaje, lejos de constituir una experiencia turística, estaba motivado por asuntos migratorios. En aquel año las maneras de conseguir una visa de residencia permanente implicaban muchos requisitos, entonces la forma más sencilla de mantener la condición de extranjero legal era la de salir de Argentina y volver a ingresar al país, volviendo así a renovar la visa de turista por otros 90 días. Sin embargo, era la primera vez que yo viajaba en barco, y lo curioso es que lo hice en el anchísimo Río de la Plata. Suele sucederme que cuando voy a viajar, la noche anterior, o duermo muy poco o no duermo; así fue: la noche anterior no pude dormir. Pero yo iba a viajar en barco por primera vez en mi vida, así que, aunque había lugar y espacio dentro del barco como para acomodarme y dormir, quise mantenerme despierto todo el viaje, y quise viajar en la cubierta para ir mirando el río y nunca perder de vista la experiencia de saber que estaba viajando en barco. Ese viaje demoró tres horas, y lo compartí con varios compañeros del instituto en el que yo estudié música, porque varios éramos extranjeros (colombianos, peruanos, guatemaltecos, ecuatorianos, venezolanos, brasileños, etc.). El viaje consistía en que viajábamos en la mañana, estábamos todo el día en Colonia, y a las 21 horas volvíamos a subirnos al barco de vuelta a Buenos Aires. En ese viaje recuerdo haber intercambiado unas palabras con una pareja de chilenos que se habían casado hace poco días, y para ellos ese viaje era parte de su luna de miel. 

O sea, las razones que motivan a las personas a viajar son tantas... A veces andando en el transporte público urbano pienso: ¿Para dónde irá cada uno de los que va en este transporte? ¿Alguno se trasladará para comenzar algo? ¿Alguno se trasladará para terminar algo? Y lo mismo pienso en un aeropuerto o en un avión. 

Hablando de aviones, hace poco estuve en un aeropuerto, y yo estaba esperando la llegada de mi hermana en el lugar donde los pasajeros cruzan una puerta para salir del aeropuerto. En ese lugar se aglutinan varias personas esperando la llegada de los pasajeros. Y en un momento una mujer relativamente joven cruza la puerta, llevaba en sus manos ese carrito que hay en los aeropuertos para poder poner en él el equipaje, y cuando cruza la puerta intercambió miradas con un grupo de tres mujeres, una de las cuales tenía un bebé en sus brazos, y esa mujer que venía llegando dice "aaah", expresando evidente alegría, deja el carro de lado (a unos dos metros de distancia de las mujeres con las que había intercambiado miradas, las cuales también al verla a ella dijeron "aaah") y se funde en un abrazo estrecho y prolongado con una de esas mujeres, y sin más empezó a llorar emitiendo sollozos. ¿Ese llanto fue porque no se veían hace tiempo? ¿Qué habrá pasado durante el tiempo en que ellas no se vieron? En el fondo: ¿Qué historia (o historias) habrá detrás de ese abrazo, llanto y sollozo? Y algo que nutre esta historia, es que esa mujer usaba lentes, y al momento de abrazar a la otra mujer fue como que no importó que los lentes se empañaran o tuvieran contacto con la ropa de esa mujer a la cual abrazó con tantas fuerzas. Digo esto porque yo uso lentes, y cuando saludo a alguien suelo evitar que mis lentes tengan algún contacto con algo para que no se manchen; pero a esa mujer no le importó nada: la emoción fue superior a cualquier otra cosa. 

He sabido de personas que se van de viaje por el mundo porque acaban de divorciarse. Otros viajan por motivos de estudios. Otros viajan porque van en busca de un producto. Algunos viajan o se trasladan por motivos espirituales. Algunos huyen. Algunos vuelven. Y así, son interminables e incontables las historias que hay en un bus, en un barco, en un avión, en un tren. 

Imagino que de pronto los terminales, los puertos, las estaciones, los aeropuertos adquieren la capacidad de hablar, y se hacen amigos entre ellos y se cuentan las historias que han sabido contener a lo largo de sus existencias, y aunque habrá miles que coincidirán en forma y fondo, creo que también habrá otras miles que causarían asombro y novedad. Varias de ellas ni las hubiéramos imaginado. Y no sólo eso, sino que varias de ellas han viajado en el asiento al lado de nosotros. 

martes, 28 de abril de 2015

Como ver ese auto antiguo

Hoy viví una experiencia singular: me dirigí a tomar el transporte que me lleva desde la universidad hasta mi casa, y cuando voy llegando a la parada del bus justo estaba ahí el bus que me sirve, yo sólo debía apurarme un poco y me alcanzaba a subir en él; pero no quise apurarme, andaba sin ganas de apurarme, así que decidí simplemente esperar a que pasara el siguiente bus. Decidí esperar porque suele demorarse poco en pasar un bus tras otro; pero hoy no fue tan así, puesto que el siguiente bus demoró un poco más en pasar que lo habitual. Bueno, mientras esperé pensé que quizás hubiera sido mejor haberme apurado en tomar el bus que estaba ahí cuando yo estaba sólo a metros de la parada, y que decidí no tomar porque no quise correr. Ese pensamiento fue razonable y tenía mucho sentido, porque de haberlo hecho así hubiera llegado antes a mi casa. 

Sin embargo, mientras iba en ese bus, en el que sí me subí y que me tocó esperarlo una buena cantidad de minutos, vi pasar desde la ventana un auto antiguo hermoso. Creo que era ese tipo de auto de los años 40 o 50; no lo sé, pero era antiguo y muy placentero de mirar. 

Mientras miraba ese auto, creo que rescaté una lección de vida. Si miro atrás, claramente pude haber tomado el bus anterior: era sólo cuestión de haberme apurado un poco y habría llegado antes a mi casa. Además, ese bus iba más vacío que aquel al cual finalmente me subí. Pero también pensé: si me hubiera subido a ese bus anterior no habría podido vivir la belleza de mirar ese auto antiguo. 

Hace unos meses alguien me habló de una situación literaria que se da con frecuencia en las novelas, cuentos o crónicas artísticas: hay personajes dentro de una historia que comienzan teniendo una participación opaca o hasta negativa, pero hacia el final de la historia ese personaje hace cosas que lo reivindican, y esa situación se la puede llamar "la redención del personaje", puesto que ese giro en la vida de ese personaje ayuda a que, al terminar de leer la historia, el lector se lleve una impresión positiva de él. Pudo haber sido un desastre la vida de ese personaje, pero la resolución de hacer algo significativo y valorable contribuye a que la memoria que hagamos de ese personaje no sea negativa, sino positiva, y esto, porque ese personaje se redimió hacia el final del relato. 

Hoy, ese auto redimió mi resolución de haber esperado el siguiente bus. Quizás -y esta palabra la uso con más sentido de certeza que de probabilidad- los seres humanos pudimos haber hecho las cosas diferente a cómo finalmente fueron. La vida humana, es verdad, tiene mucho de reproducción e imitación, y muchos actuamos más por inercia que por deliberación; pero también es real que muchas cosas las pudimos haber hecho de otra forma. Sin embargo, llega un momento en que la decisión que nos frustró no se perpetua en ese destino, porque hay algo que redime nuestra historia, hay una cosa o algunas que nos devuelven, no sé si si la razón, pero sí un hallazgo de sentido a haber vivido las cosas tal como las vivimos.  

Hay historias más perfectas que otras, pero la esperanza está en saber, pienso, que la perfección es algo que se construye, no algo que viene dado o finalizado en las cosas. Hasta acá una historia determinada pudo no haber sido perfecta, o al menos fue menos perfecta que otras, pero la oportunidad de construir esa perfección que faltó no ha declinado. La sensación de privilegio que sentí hoy cuando pude disfrutar ese tramo del viaje observando ese auto le otorgó sentido a mi espera, reivindicó mi mala decisión de no haber subido al bus anterior (de hecho reitero, ese bus anterior iba más vacío que el bus al que me subí). La belleza de ese auto redimió mi elección. Si me hubiera subido al bus anterior me habría perdido ese espectáculo. Claro, habría tenido otras ventajas, pero todas esas otras ventajas ya no las voy a conocer. Mi historia registrará sólo lo que finalmente fue, y lo que hoy finalmente fue fue eso: vi un auto que disfruté mirar, y lo disfruté tanto que olvidé la probabilidad de otros posibles placeres que habría vivido en el otro bus (quizás irme sentado todo el viaje, llegar más temprano a mi casa, no haber tenido que esperar los minutos que esperé, en fin...).  

Algo, algo va a ocurrir que redima nuestras historias, nuestras carencias de perfección. Obviamente, no es que ahora siempre esperaré el siguiente bus, puesto que aprendí la lección, pero ver ese auto fue un regalo, y fue un premio de consuelo que como tal me reconfortó y me hizo sentir una sensación de "no todo está perdido". Algo habrá de ocurrir en este bus de la vida que nos haga sentir que, aunque las cosas pudieron haber sido distintas y mejores, es posible hacer el giro hacia la belleza y la perfección que en otro momento no supimos construir.  

miércoles, 4 de febrero de 2015

Hay que estar ahí

El relator de ese partido de fútbol decía: "el delantero tiene la pelota, va entrando al área, está solo frente al arquero, va a anotar, va a anotar, remataaa... La tiró afuera". Seguido de eso, uno de los dos comentaristas que acompañaban a ese relator, el cual era de profesión periodista, emitió su comentario: "no puede ser que un delantero de esa talla se halla perdido ese gol. Sólo tenía que darse tiempo, mirar el espacio y rematar. Tenía el tiempo para hacerlo, estaba solo, sin nadie que lo marcara". Luego de que hablara ese comentarista, vino el turno del segundo comentarista, el cual había sido futbolista. Él dijo: "Bueno, yo fui futbolista y fui delantero, y creo que hay que estar ahí para saber por qué uno no convierte goles en esas circunstancias". Fue tan contundente esa acotación del exfutbolista que el periodista tuvo que 'arreglar' su argumento. Es lógico, cuando habla alguien que ha vivido la experiencia tiene un peso muy distinto de quien no. 

Muchas veces hablamos y opinamos de cosas que ni siquiera sabemos una pizca de lo que implica vivir esa experiencia. Hace un tiempo una chica de mi iglesia me contó que tiene un hermano autista; no supe qué opinión decirle, no sé qué es tener un familiar con autismo. También, hace poquito, supe de un muchacho que está entrando en su adolescencia, el cual sufre de epilepsia. Él teme participar de ciertas instancias sociales porque le da vergüenza explicar por qué las evita. Otra realidad respecto de la cual me sentí "inexperienciado" fue cuando alguien me contó que estaba luchando con el cáncer; francamente no supe qué decirle. Otra cosa respecto de la cual no supe cómo reaccionar fue cuando alguien me contó que le había sido infiel a su pareja y lo terriblemente mal que se sentía de haber cometido ese error. Bueno, y así, tantas historias acerca de las que sólo atino a pensar: yo no sé lo que es eso; hay que estar ahí. 

Quizás sea fácil sentir cierta empatía respecto de personas que vivieron situaciones que a uno le generan lástima. No sé, una enfermedad, una pérdida, una tragedia, una injusticia, y cosas así. Pero cuando se trata de personas que no merecen nuestra empatía, las ganas de empatizar no fluyen precisamente. Me refiero a gente que traicionó, gente que agredió, gente que hirió, gente que fue indiferente (porque muchas veces la indiferencia lastima tanto o más que una agresión explícita), gente que blasfemó, gente que estafó, y un largo etcétera. En casos como estos últimos, no dan muchas ganas de ser empático, porque, como decía, estos casos no merecen nuestros esfuerzos de tratar de ser comprensivos, benevolentes o empáticos. Y no sólo eso, sino que también es probable que quienes cometen estos actos no siempre se sientan arrepentidos; de hecho, a veces hasta defienden sus decisiones. Bueno, al respecto me he dado cuenta que muchas personas -incluyéndome yo mismo- comenten ciertos errores de manera inocente: o sea, no se dan cuenta de lo malo que hacen. Por supuesto, muchos tienen alguna noción de que lo que hacen es malo, pero también hay otros muchos que, curiosamente, son inocentes de sus malos actos. ¿Cómo alguien puede ser inocente de un mal acto? Bueno, la inocencia está en el hecho de no ser conscientes de su maldad, de no darse cuenta de sus malas decisiones, de no saber incluso que lo que deciden es incorrecto o lacerante. Aunque suene complicado de entender, a muchas personas les pasa eso, y seamos honestos: a todos nos ha pasado alguna vez (e incluso me atrevo a decir que nos seguirá pasando en algún ámbito de la vida). 

¿Qué es enfrentar una enfermedad terminal? ¿Cómo vive una madre la pérdida de un hijo? ¿Cuánto tiempo le lleva a un asesino superar el dolor de haberle quitado la vida a alguien? ¿Cómo ayudas a un padre o a una madre a enfrentar la terrible noticia de saber que un hijo o una hija fue abusado/a sexualmente? ¿Qué sabes tú lo que es no tener durante toda tu infancia el acceso a cosas básicas como comprarte zapatos diferentes a medida que creces? ¿Qué sé yo las presiones y batallas que tienen los millonarios? ¿Por qué a Fulano le llevó un corto duelo superar la partida de su mamá, pero a Mengano le ha tomado años? ¿Sabes la rabia que se siente vivir dependiendo de un tratamiento médico durante toda tu vida? ¿Sabes la impotencia que se siente saber que tu caso hubiera sido resuelto antes, pero que no fue así sólo porque no tuviste plata para costear un abogado? ¿Entiendes lo que es estar en el suelo, hecho añicos, y que además alguien que quieres muchísimo en vez de darte la mano te dé garrotazos? O al revés, ¿sabes el dolor que te da cuando te das cuenta que azotaste a gente que en realidad necesitaba tu ayuda? 

Recuerdo hace unos años visitábamos un correccional de menores en Buenos Aires. Íbamos todos los fines de semana a compartir un mensaje de esperanza a esos niños. Todos eran delincuentes precoces. No tenían ni 18 años de edad y ya tenían un prontuario robusto. Y recuerdo un niño que había llegado ahí hace pocos días. Él lloraba. De hecho recuerdo esa situación y mis ojos lagrimean mientras escribo. Es tan fácil tirar la primera piedra a los culpables de algo. Lo he hecho, y créanme que al darme cuenta me sentí horrible. Hace poco escuché a alguien decir: "Yo jamás voy a golpear a alguien que está en el suelo". Y me sentí tan distinto a esas palabras. 

Una reflexión que escuché hace poco del pastor Danilo Montero, en su mensaje "Dale una nueva oportunidad a otros" (si tienen tiempo, búsquenlo con ese título en YouTube), él decía algo que es difícil de comprender, pero que es pertinente hacerlo: la misericordia siempre es inmerecida. Creo que cuando estemos ante otras personas, antes de lanzar la primera piedra -y aunque tengamos todas las razones y las ganas de hacerlo-, pensemos en ellas, y tratemos de ser empáticos. No sabemos lo que es enfrentar lo que ellos enfrentaron, incluso si la experiencia externamente aparenta ser la misma, porque el mundo interno de cada cual es distinto. Si llegaron hasta esa desgracia o ese error es lógico que el camino recorrido no fue uno lleno de favores. Antes del latigazo, extiende tu mano. Antes del juicio, ofrece tu oído. Antes de razonar analíticamente lo fácil que pudo haber sido convertir el gol, recuerda: hay que estar ahí. 

viernes, 26 de diciembre de 2014

Oración web

Internet nuestro que estás en el cielo, en la tierra y en el mar, 
Santificado es tu nombre. 
Tu reino ha venido a nosotros. Tu voluntad se hace en los teléfonos móviles como en los computadores. 
Danos hoy el like de cada día.
Perdona nuestras ausencias, como también nosotros perdonamos a quienes no nos ponen comentarios
No nos dejes caer en la desconexión; pero, cada cierto tiempo, un favor: 

¡LÍBRANOS DEL CELULAR!

¡LÍBRANOS DEL CELULAR!

¡LÍBRANOS DEL CELULAR!

Amén. 



jueves, 23 de octubre de 2014

Una buena razón

Esa tarde no irradiaba mayores diferencias a la de una normal y cotidiana. Catalina y Laura conversaban de la vida, del tema que fluyera. Su amistad era de aquellas que convocan a la espontaneidad temática. Hablaban de todo, y cuando se daban espacios de silencios, éstos no eran incómodos. 
Y esa tarde, hablaban de sus abuelas. Ambas compartían la realidad de que de sus abuelas sólo vivía una. 

Catalina: Mi abuela se pone jodida cuando se enoja o se molesta por algo; mejor ni acercarse. Hay que dejarla solita a la señora hasta que se le pase. Pero la mayor parte del tiempo mi abuela es re buena onda. 

Laura:  Mi abuela en ese sentido es como rara.

Catalina: ¿Por qué? 

Laura: Sí, porque es típico que la gente cuando se enoja se pone idiota o irradia mierda a medio mundo.

Catalina: Como mi abuela, jaja. 

Laura: Pero yo también soy así.

Catalina: Sí, yo igual. 

Laura: O sea, mi abuela cuando se enoja se le nota; pero aún así sabe ubicarse y expresarse adecuadamente. 

Catalina: Qué buena onda. 

Laura: Sí. De hecho una vez le pregunté a mi abuelo qué fue lo que lo conquistó de mi abuela. Esa respuesta nunca se me olvidó. 

Catalina: ¿Y qué lo conquistó de tu abuela?

Laura: Mi abuelo me dijo: "Aunque vivía su peor día, ella nunca dejaba de sacar lo mejor de ella. Y eso nunca lo ha perdido".

Catalina: ¡Guau! ¡Qué grosa tu abuela! 

Laura: Sí, yo no sé cómo lo hace. Ojalá yo fuera así, o al menos un poquito más así cada vez.  

sábado, 4 de octubre de 2014

viernes, 15 de agosto de 2014

El fin supremo y sus medios

Aristóteles dijo que el fin supremo del ser humano es la búsqueda de la felicidad. 
Según yo, esa búsqueda suprema se expresa en tres motivaciones contingentes (lo que en el título llamo los medios):
- el placer
- la justicia o la compensación
- la solución (de problemas).  

lunes, 21 de julio de 2014

Frase de Sam

Frodo: Ya no quiero seguir, Sam. 

Sam: Lo sé. Es un horror. Por nosotros ni siquiera estaríamos aquí; aunque así es. 
Es igual que en los grandes cuentos, mi señor Frodo, los cuentos que eran importantes: estaban llenos de oscuridad y peligro. A veces uno no quería saber el fin, porque ¡cómo podría ser un final feliz! ¡Cómo podría el mundo ser como antes, cuando han pasado tantas cosas malas! Pero al final las sombras sólo son transitorias. Aun la oscuridad debe terminar. ¡Vendrá un nuevo día! ¡Cuando el solo brille iluminará hasta la claridad! Esos eran los cuentos que permanecían, que tenían significado, aunque fuera demasiado pequeño para entender por qué. Pero, mi señor Frodo, creo que sí lo entiendo, ahora lo sé: porque la gente en ellos tuvo ocasión de dar la vuelta y nunca lo hizo; siguió caminando, porque tenía algo de lo cual aferrarse. 

Frodo: ¿Y nosotros a qué nos aferramos? 

Sam: A que el bien aún existe, lo sé, mi señor Frodo, ¡y tenemos que defenderlo! 

De la película "El Señor de los anillos. Las dos torres". 

sábado, 5 de julio de 2014

Gracia, aunque haces "todo".

Suelo volver caminando desde la universidad a mi casa, y particularmente ayer fue un día muy especial en mi vida académica, porque en la mañana había obtenido una buena nota en una materia, y luego en la noche también, en otra materia. No suelo tener buenas notas, por lo tanto, cada vez que tengo una buena nota siento una alegría muy singular. En todo caso, no creo en esto de valorar a las personas por las calificaciones académicas que obtienen; he aprendido a no considerar ese aspecto como referencia sólida para valorar a alguien, ni menos para valorarme a mí. Pero tampoco desconozco que sacarse buenas notas tiene un sabor positivo. Bueno, pero lo que quiero compartir  es lo siguiente: ayer completé cerca 36 horas sin dormir. Me acosté ayer viernes en la noche a dormir, y la última vez que me había acostado a dormir fue el miércoles en la noche. Como diríamos en Chile, "me saqué la cresta estudiando". Y lo hice así porque tenía la oportunidad de aprobar sin necesidad de dar exámenes finales. Dar exámenes finales te agrega más tiempo de estudio, y yo quería evitar eso, y para lograr eso, la calificación debía ser de cierta nota hacia arriba. Bueno, luego de tanto esfuerzo de estudio, luego de tanto "descreste", las notas fueron buenas, y evité irme a exámenes finales. 

La alegría fue enorme, y sobre todo respecto a una materia: Sociología Política, porque era muy densa (muy densa). De hecho, a pesar de que estudié un montón, de que me esforcé muchísimo, aun así sentí que hubiera querido tener más tiempo para estudiar mejor. Esa fue la materia de la mañana. La de la tarde fue Sociología de la Infancia, Adolescencia y Juventud. Bueno, le quise comunicar estas noticias a mi familia, y les escribí un e-mail, y en el e-mail escribí unas palabras que me dio la impresión merecían ser plasmadas en este blog. (¿Se dan cuenta, que recién escribiré lo que quiero escribir? Jeje. Pero bueno, me gusta contextualizar mis relatos). Esas palabras fueron las siguientes: 

"Dios siempre va a expresar su gracia con uno. Así bien uno no haga mucho, o uno haciendo grandes esfuerzos. He recibido su gracia en momentos de -literalmente- cero esfuerzo, pero también he conocido de esa gracia que se expresa cuando uno hace todo lo que puede hacer, cuando uno en serio no tiene más para dar porque de verdad lo ha dado todo, y, ¿saben?, el sabor de la gracia es distinto cuando la vives habiendo tú dado todo. No es difícil ver la gracia cuando nada haces: es obvio, si nada haces, lo que llega "llega solo" (aunque sabes que es por gracia). Pero cuando has hecho todo, cuando has dado todo, y aun así ves que quisieras más tiempo, espacio, lo que sea, porque te sientes limitado, y ves la gracia manifestándose, entonces, no admites caer en la tentación de creer que fue tu propio esfuerzo lo que te hizo triunfar, porque sabes muy bien que esa cuota extra no vino de ti. Tú sabes bien lo que no pudiste hacer, y sabes que no merecías tanto, porque eres consciente de lo que te faltó, eres consciente de lo que tus fuerzas no te permitieron hacer, aunque las usaste todas. Es gracia, es lo que no mereces, a pesar de que de ti no quedaron fuerzas. 

Creo que seguiré probando más de esa gracia que se vive en estas circunstancias. Sabe muy bien."

Eso quería compartir. Un abrazo a tod@s. 


sábado, 7 de junio de 2014

Palabras al silencio

Por imprudencia o por violencia
Te dejé morir,
Cuasidelito de homicidio
Del cual no pocas veces me arrepentí. 

Te atesoré en medio de ignorancias,
Cómplice de mis soledades, 
Audiencia de mis reflexiones,
Compañero fiel de mis miedos y secretos,
Candado, ante el gentío, de mis sueños,
Interlocutor del pensamiento,
Melodía de miradas,
Protector de observaciones. 

Tu monólogo sienta bien en las noches
Y dejarte hablar cuando no hay palabras.
Eres el espacio entre ellas,
Eres la verdad en la nada. 

sábado, 17 de mayo de 2014

Herejías 33:3



Clama a mí, y yo te responderé, 
y te enseñaré cosas grandes y ocultas
que tú no conoces. 




Atentamente: Google. 





viernes, 25 de abril de 2014

Las palabras: ¿se las lleva el viento?

Hoy es uno de esos días en que, después de haber ido a la universidad, vuelvo a mi casa reflexionando en algo que se trató en la clase. Es verdad que no es raro que me pase eso: que me quede pensando en algún comentario o tema tratado en alguna exposición de algún profe o en alguna intervención que haya hecho algún compañero o compañera. Pero también es cierto que no me pasa rigurosamente siempre. De hecho, muchas (de verdad muchas) veces lo único que siento al salir de clases es la satisfacción de ya no estar en el aula. Sin embargo, hoy fue de esas veces en que la clase me dejó pensando. 

La materia que hoy cursé se llama "Sociología de la infancia, adolescencia y juventud. Revisión crítica", y en la clase, la profesora hizo mención a una característica propia de la etapa adolescente: la inopia, concepto que, en el análisis de la adolescencia, es introducido por Françoise Dolto en su obra La causa de los adolescentes. Dice Dolto: "para comprender adecuadamente qué es la inopia, la debilidad de la adolescencia, tomemos la imagen de [...] las langostas que pierden su concha: se ocultan bajo las rocas en ese momento, mientras segregan su nueva concha para adquirir defensas. Pero, si mientras son vulnerables reciben golpes, quedan heridos para siempre; su caparazón cubrirá las heridas y las cicatrices, pero no las borrará". 
En la clase, la profe nos explicaba que, según la mencionada autora, hay que tener cuidado con lo que uno le dice a los adolescentes, sobre todo entre (aproximadamente) los 12 y 18 años, ya que las palabras hirientes que una persona reciba en ese rango etario pueden marcarla para toda la vida. 
En el fondo, la inopia es la vulnerabilidad adolescente. El trato adverso de esa vulnerabilidad puede dejar marcas para siempre. 

Lo que me vine pensando en el camino, después de la clase, fue la gran cantidad de veces que he presenciado situaciones en las que una persona adolescente es receptora de palabras francamente hirientes por parte de otro (sea familiar, amigo, pareja, profesor, etc.). Y a veces esas palabras no necesariamente son lanzadas a quemarropa al adolescente, sino que también puede suceder que una persona de entre 12 y 18 años de edad simplemente escuchó algo que lo marcó. 
Pero no es solo eso, puesto que también -y sobre todo- pensé en las veces en que yo mismo traté de manera inadecuada a una persona que transitaba su adolescencia. Sentí una especie de preocupación mientras reflexionaba: "¿Será que marqué negativamente para siempre a esas personas?". Fue un autoanálisis en el que no pude llegar a sentir otra cosa que arrepentimiento. Sentía ganas de volver el tiempo atrás, y de haber reemplazado las palabras que dije. 

Hace poco oía a una Doctora en Filosofía (Esther Díaz) hablando sobre la no inocencia del discurso. Planteó un ejemplo muy sencillo. Parafrasearé su exposición: 

Imaginen a un hombre muy pero muy enamorado de su novia. Pero de pronto viene el mejor amigo de este muchacho enamorado -mejor amigo, lo cual implica que entre él y su amigo hay muchísima confianza y credibilidad- y le dice: vi a tu novia con otro. Al muchacho enamorado se le viene el mundo abajo. ¿Por qué? Simplemente por las palabras de su amigo. Este muchacho enamorado no vio nada, no fue él quien vio a su novia con otro; pero las palabras de su amigo alteraron su mundo. ¿Se dan cuenta que las palabras, que el discurso, no es inocente? Es importante saber elegir las palabras que usamos al hablar. 

En consonancia con todo lo que vengo planteando, diré que soy lector de la Biblia, y que me asombro de que la propia Escritura realza el enorme valor de las palabras. Dice el (neurálgico) libro de Proverbios, en el capítulo 18, versículos 20 y 21: 

Del fruto de la boca del hombre se llenará su vientre;
Se saciará del producto de sus labios.
La muerte y la vida están en poder de la lengua,
Y el que la ama comerá de sus frutos.

                                                                                         (traducción Versión Reina-Valera 1960)

Pero me gustaría que viéramos otra traducción del mismo versículo de la Biblia, el cual dice así: 

Tu forma de hablar te alimentará,
  lo que digas te saciará. 

Lo que uno habla determina la vida y la muerte;
que se atengan a las consecuencias los que no miden sus palabras.

                                                                                       (traducción Palabra de Dios para Todos) 

De acuerdo a este pasaje de la Biblia, observamos que ella nos enseña que el poder que tienen las palabras es tan grande, que el mismo puede determinar nada menos que la vida del ser humano. 

Notamos así que diversos sectores y ámbitos de la sociedad comparten la perspectiva en cuanto a la relevancia y trascendencia que tienen las palabras. 

Mi reflexión final es obvia, pero no por eso menos profunda y sincera. De verdad que hubiera preferido mi propio silencio en ciertos momentos de mi historia. Quisiera haber conocido antes este concepto analítico de Dolto: la inopia, y haber sabido medir mis palabras antes de herir ciertas vulnerabilidades ajenas. 

Hoy llegué a la conclusión de que, es verdad: las palabras no son acciones. Pero, a pesar de que no sean acciones, sí son experiencias. La experiencia siempre se asocia más a la acción, y es lógico: la experiencia es movimiento. No obstante, también es verdad que no todas nuestras experiencias involucran necesariamente alguna acción: tenemos una experiencia cuando apreciamos el silencio, cuando oímos algo, incluso, en el mismo ejercicio del descanso nocturno, aunque no estamos llevando a cabo acciones, estamos teniendo la experiencia de dormir. 

Pues bien, las palabras son experiencias. Experiencias que otros nos brindan, experiencias que nosotros brindamos a otros. Las palabras son experiencias del pensamiento. Las palabras son experiencias del corazón. 

No debemos ahorrarnos esfuerzos al escoger sabiamente lo que decimos. Las palabras que digamos a otros serán experiencias de sus almas, de sus recuerdos, de sus referencias en cuanto a nosotros y en cuanto al tema al que aluden nuestros dichos. Lo que digamos puede alterar la realidad de los otros; quizás, incluso, los marque para siempre. Y más allá de las edades, todos tienen el derecho de recepcionar palabras que les hagan bien; o que, al menos, no les hagan daño.  

En lo posible, y teniendo en cuenta todas las consideraciones que acá comparto -que son solo algunas de las posibles; por supuesto que hay muchísimas más-, propongo que nos demos el trabajo de aprender a elegir bien nuestras palabras, ya que a ellas, a diferencia de lo que varios piensan, rara vez se las lleva el viento.

domingo, 20 de abril de 2014

Reivindicaciones de la alegría

Quizás necesitamos aprender a darle a la alegría un lugar semejante al que por obligación hemos tenido que darle al dolor, a saber: el dolor llega como no lo imaginamos, en manifestaciones y situaciones que no buscamos, y sí o sí tenemos que enfrentarlo, asumirlo. No tenemos opción.  

Quizás la alegría reclame más ese derecho. El derecho de aparecer sin que la esperen, de aparecer ni en la forma ni en el momento en que lo hace. 

Así como nadie preconcibe el dolor antes que llegue, así la alegría, reclama su oportunidad de hacerse presente sin ser premeditada, de simplemente manifestarse, de ser asumida en la forma que ya está, en los espacios en que ya está. 

Más que ser preelaborada, anticipada en el deseo y en la premeditación, espera ser descubierta, encontrada, concebida como realidad presente, no como posibilidad ideal futura. 

viernes, 11 de abril de 2014

Crónicas de Cardoso

Cardoso era un tipo común y corriente, pero tenía ciertas preferencias, distintas al promedio de las personas. Su apariencia no llamaba en absoluto la atención, pero, por ejemplo, le gustaba mucho la soledad. Era típico querer verlo "aislarse", en contraste con los demás que procuraban generalmente socializar. Más de una vez sus cercanos le criticaron dicha inclinación a la soledad. Lo tildaban de mala onda, de ermitaño, de autista. "Robinson Crusoe", le decían a modo de broma, ante lo cual él mismo se reía. 

Un día, conforme pasó el tiempo, logró hacer realidad un sueño que tenía desde hacía años: irse a vivir solo a una a casa medianamente cómoda. Trabajó, ahorró, incluso se endeudó un poco. Pero nada esfumaba en él la satisfacción de haber alcanzado la realización de ese sueño. 

Cuando llegaba a su casa, su nueva casa, aparte de todo ese ritual propio de quien llega a su domicilio -sacarse la mochila, el abrigo, encender las luces si ya es de noche, etc.-, solía dar un gran suspiro de alegría, el cual era acompañado por una fiel sonrisa. Prácticamente siempre decía algo así como: "¡Pucha, qué placer estar acá!". Seguido de eso, ponía alguna música suave, y se ponía a hacer labores hogareñas, como cocinar, lavar platos, o simplemente se sentaba en su sillón a respirar su nuevo ambiente. 

A pesar de su incomprendido aprecio por la soledad, no eran extrañas las veces que él llevaba visitas a su casa. De hecho, su domicilio se convirtió en poco tiempo en una de las primeras opciones de punto de reunión de amigos. Cardoso se sentía contento de que sus amigos contaran con su casa. 

Pero no solo llevaba patotas a su casa. A algunos amigos, a los más cercanos, les dijo: "Cuando quieran soledad, avísenme". Cardoso habilitó en su nueva casa una habitación suficientemente equipada para recibir visitas. La condición era explícita: nadie debía interrumpir su romance con su valoradísima soledad. La oferta no se dejó esperar. 

Uno de sus cercanos, Coke, estaba enfrentando días adversos. Necesitaba cambiar un poco el aire de siempre. Se animó, y le preguntó a Cardoso si el ofrecimiento seguía en pie. "¡Claro que sí!", le dijo Cardoso. "Cuando quieras". A los dos días Coke se fue a la casa de Cardoso. Y ahí estuvo un poco más de una semana. Casi no dialogaban. Cardoso tampoco se detenía a juzgar la cotidianidad de Coke -que, por cierto, dejaba mucho que desear. 

Al cabo de los días, cuando Coke ya se sentía mejor, decidió regresar a su casa. Se sentía muy agradecido con Cardoso. Le preguntó: "¿Cuánto te debo?". Cardoso lo eximió de cualquier tipo de pago. Coke no entendía por qué tanta generosidad. Esto mismo Cardoso lo reiteró muchas veces con distintas personas. 

Es así como varios de los amigos de Cardoso decidieron ir a su casa, paradójicamente, a recibir la compañía de esa soledad de la cual tantas veces se burlaron. 

jueves, 10 de abril de 2014

Sueldo de los parlamentarios en Chile

Los diputados Boric y Jackson acaban de presentar un proyecto de ley que propone que el sueldo de los parlamentarios se rebaje, estableciendo un parámetro: que el sueldo de un parlamentario sea equivalente a 20 sueldos mínimos. La motivación, dijeron, era dar una señal potente para la reducción de la desigualdad que hay en Chile. 

La verdad es que esto abre un debate interesante. Si vamos a hablar de que los sueldos de los parlamentarios deberían rebajarse, yo creo que sí, puesto que si uno sumara toda la plata que se recaudaría al rebajarle los sueldos a los parlamentarios, se puede llegar a una cifra que permitiría el desarrollo de diversas iniciativas sociales. O sea, en mi opinión, el Estado chileno podría hacer un poco más pagándole menos a los parlamentarios. De hecho, y aunque no refiere exactamente al salario parlamentario, imprimo en el debate la ubicación geográfica del Congreso Nacional. Personalmente soy partidario de que el mismo no se encuentre más en Valparaíso, sino en Santiago. Creo que el hecho de que el parlamento esté en Valparaíso hace que su funcionamiento sea más caro. Pero vuelvo al debate inicial. 

La propuesta de Boric y Jackson es interesante, ya que establece la relatividad del salario parlamentario al salario mínimo. ¿Qué es lo interesante acá? Pasa que no nos es desconocida la realidad de que los parlamentarios chilenos en algunas ocasiones hacen sesiones en el Congreso que tienen por finalidad subirse el sueldo, ni tampoco ignoramos la realidad de que cada vez que la ANEF (Asociación Nacional de Empleados Fiscales) realiza una movilización para lograr el aumento del salario de los funcionarios estatales, ese aumento conseguido también alcanza a los parlamentarios -en tanto empleados fiscales que son. Pues bien, lo interesante, lo que abrirá el debate, en mi opinión, es lo siguiente: ¿Los parlamentarios lucharán con más ahínco por aumentar el salario mínimo, sabiendo que esto implicará también un aumento en sus propios salarios? O sea, cada vez que los parlamentarios quieran subirse el sueldo podrán disfrazar su interés con la bandera del aumento del sueldo mínimo. Y el otro matiz que yo veo de este intento de relativizar el salario parlamentario al salario mínimo, es el siguiente: ¿será que esta posible ley hará que los parlamentarios dejen de luchar por el aumento del salario mínimo, sabiendo que dicha consigna inmediatamente será interpretada por la ciudadanía, no como un esfuerzo político honesto de querer aumentar el salario mínimo a los trabajadores, sino de querer aumentarse ellos mismos el salario? Ésta pregunta encierra un hipotético peligro: los trabajadores que ganen el salario mínimo quedarían probablemente más desplazados, ya que, al ser malinterpretada la lucha en el parlamento por el aumento del salario mínimo en aras de un aumento en el salario de los Honorables, el aumento del salario de los trabajadores (que tengan como ingreso el salario mínimo y que aspiren a un aumento del mismo) se vería aletargado una y otra vez. 

De todas maneras, aunque el debate esté abierto a que se revise y discuta dicho proyecto de ley, me parece que la iniciativa de Gabriel (Boric) y Giorgio (Jackson) de bajarle el sueldo a los parlamentarios, logra interpretar el sentir de un amplísimo sector de la ciudadanía. Eso es lo que le hace falta al Congreso Nacional chileno, trabajar más y darle más bola a lo que la gente espera de ellos. La iniciativa de Gabriel y de Giorgio enciende una chispa de esperanza en algo que hace mucho tiempo los chilenos no sentimos respecto de nuestro Congreso Nacional: REPRESENTACIÓN. 

martes, 1 de abril de 2014

El valor de un abrazo

En las siguientes líneas intentaré plasmar algo que para mí es muy significativo, tanto así que considero que es una de las cosas que más aprecio en la vida: el valor de un abrazo. 

Yo tenía unos 16 años cuando pude entender y vivenciar la belleza de esa experiencia. Y las circunstancias eran muy particulares en aquel entonces: en el ámbito familiar, la realidad aportaba elementos complejos; en lo académico, yo cursaba tercer año de enseñanza media, y tenía acumulado un gran porcentaje de inasistencia a clases debido a una depresión que me dio a causa de una sobrecarga de estrés, el cual se produjo, entre otras cosas, porque me había involucrado en el mundo dirigente -fui presidente del Centro de Alumnos de mi liceo. Al ser dirigente estudiantil, estaba involucrado constantemente en diversas actividades. Fueron varias las veces que llegaba a las 8 de la mañana al liceo y me iba a mi casa a las 9 o 10 de la noche (mis compañeros de curso volvían a sus casas alrededor de las 2 de la tarde). Hago hincapié en esto de haber sido dirigente estudiantil porque ocupé mucha de mi energía en ese ámbito, y tengo que ser honesto: la verdad es que no fui un buen presidente. Fracasé al llevar a cabo el plan de trabajo que había elaborado. La mayoría de las promesas que hicimos en la campaña no las pude cumplir. Eso me bajoneó mucho, y a raíz de ese bajón fue que empecé a faltar a clases y a dejar botadas varias de mis actividades, entre otras, mis labores eclesiásticas. En ese tiempo yo tocaba la batería en mi iglesia, y a causa de mi depresión anímica también empecé a faltar a mi compromiso con la banda musical de mi congregación. Ahora que lo pienso, fue un tiempo bastante magro de mi biografía: en casi todos los ámbitos de mi vida las cosas andaban o a medias o francamente mal. 

Pero hubo una luz en medio de ese callejón lúgubre de mi historia. En medio de ese tiempo empecé a cultivar una relación más profunda con Dios. La música me ayudó mucho en eso. Alrededor de mis 13 años de edad empecé a conocer la manifestación de la presencia de Dios en medio de la adoración. Recuerdo que tomaba la guitarra, me encerraba en mi pieza y empezaba a cantarle a Dios. Se producía algo hermoso. No sé cómo describirlo. Sentía algo muy cálido en mi pecho. Sentía una paz profunda, una sensación que era algo así como que todo se detenía, como que todo quedaba de lado, y algo te decía que todo iba a estar bien, que todo tendría una salida.  O sea, no era solo una mera calma, era una paz que traía consigo una fuerte convicción de esperanza, una visión de futuro, una convicción de que todo iba a estar mejor. Pero además, sentía muy fuerte la sensación de complicidad y comprensión. A mis 16 años yo estaba fracasando en mi vida como dirigente y como parte del equipo de músicos de mi iglesia, lo cual me hacía sentir constantemente avergonzado. Me sentía, como se dice, "perseguido". Y es lógico, cuando sabes que has fallado en tus compromisos, sientes eso, vergüenza. Sientes que los demás saben que les has fallado. Quizás por eso procuraba no salir de mi casa. Solo tenía ganas de estar en mi pieza, encerrado, no quería ver a nadie ni saber nada de nadie. Aparte, yo sentía que las luchas que yo estaba enfrentando eran tan singulares que pensaba que nadie las podría entender. A los 15, 16 años, todos tienen otro tipo de problemas: sentimentales, autoestima, rollos con los padres, etc., etc., etc.. Y mis problemas no eran exactamente esos; los míos eran dramas políticos. ¿Quién entendería que me sentía mal y bajoneado porque no pude cumplir con lo que esperaba hacer como dirigente estudiantil? Todos me decían cosas como: "en las cosas que andas metido". O sea, claramente NADIE me daba luces de que podría comprender mi estado anímico. Bueno, en ese contexto es que yo pude sentir esa complicidad y comprensión cuando le cantaba a Dios. No crecí con mi papá biológico, pero creo que la sensación se asemeja a eso: cuando tu papá sabe que has cometido errores, pero te abraza y te dice que va a estar contigo y que te ayudará a salir adelante. O sea, no era solo una mera calma, era una sensación paternal, de comprensión, de ayuda, de que ahí era donde yo pertenecía, de que ahí estaba mi hogar. 

Varias veces en medio de esos tiempos a solas con Dios yo pude experimentar algo muy especial. Es lo que yo personalmente describo como el abrazo de Dios. Y la secuencia era muy singular. Trataré de detallarla. Yo empezaba cantando alguna canción que conocía. La volvía a cantar. Yo cerraba mis ojos y aumentaba el volumen de mi voz. De pronto empezaba a experimentar esa paz de la que hablo más arriba. Pero luego dejaba de cantar, y simplemente arpegiaba la guitarra. Mis ojos seguían cerrados. Luego ya dejaba de lado la estructura armónica de la canción, y en medio del arpegio libre de la guitarra, empezaba a decirle a Dios cosas espontáneas, cosas que expresaban gratitud por lo que Él me hacía sentir en ese momento. Varias veces, VARIAS VECES me emocioné hasta las lágrimas, que, obvio, eran de profunda alegría. Y en medio de toda esa hermosa calma, yo sentía que una especie de fuego me rodeaba. Pero no era un fuego que quemaba, sino un fuego que abrigaba, que acogía, que escondía, que protegía, que no te generaba duda alguna que al estar ahí estabas en medio de un regazo. Lo que menos quería era salirme de ahí. ¡Era tan placentero estar ahí! Ahí es donde entendí el valor de un abrazo, porque en medio de las tantas adversidades internas que yo estaba atravesando, era ahí donde me sentía devuelto a la vida. Ahí se iba la rabia conmigo mismo, se iba la vergüenza hacia los demás, se iba la derrota, se iba la falta de comprensión. Comprensión... ¡qué palabra más especial esa! En medio de ese abrazo fue donde conocí esa tan necesaria sensación.

A partir de toda esa experiencia es que aprendí a abrazar. El abrazo de Dios es distinto a los abrazos que damos los seres humanos. Nosotros abrazamos varias veces solo hasta los hombros, o con palmaditas en la espalda, o quizás abrazamos por lapsos escuetos, o sincronizamos nuestros abrazos con discursos. Pero el abrazo de Dios es especialmente diferente. Sus brazos te rodean y permanecen quietos así, rodeándote, traspasándote calor, amistad, comprensión, pertenencia, pureza, alegría, profundo cariño, tranquilidad. No hay discursos de por medio. Su abrazo lo dice todo; no necesita palabras. Además, sus abrazos son largos. Y todo eso te lo da no importando tu currículum. Puedes ser la mejor o la peor persona, y la intensidad y profundidad de ese abrazo va a ser la misma. Es un abrazo que desconoce por completo la palabra discriminación. Él no me negó su abrazo cuando yo lo busqué, aunque yo sabía claramente que no lo merecía. Eso aprendí en Su abrazo, que un abrazo no se le niega a nadie. De verdad, yo puedo abrazar aun a quienes no me caen bien, porque sé que quizás la puerta al cambio no es la reconvención o la amonestación, sino el abrazo, con tooodo lo que un abrazo implica. 

Cuando yo procuro abrazar a alguien, trato, intento traspasar todo eso. Trato siempre de dar abrazos largos a todos, aunque con frecuencia no soy correspondido. (Observo que cada uno tiene su forma de abrazar. Y creo que eso está bien. Cada cual es único. Además, son tantas las veces que los abrazos se usan para fines expresamente egoístas, que me resulta súper comprensible que los abrazos sean malinterpretados). De hecho, esa es mi intención cuando al final de un escrito digo "Un abrazo", traspasar todo lo que un abrazo significa para mí. 

A raíz de todo lo que he compartido, llego a la conclusión de que, para mí, un abrazo es: paz, esperanza, amistad, comprensión, cariño, alivio, pertenencia, reconciliación, presente puro. ¡Y pensar que un abrazo es totalmente gratis! 

¿Te hago una sugerencia? Abraza. Más allá de los méritos o no, abraza. Dales a otros el hermoso regalo de un abrazo. 

Donde quiera que estés leyendo esto, me despido así: 
¡Un abrazo!




domingo, 30 de marzo de 2014

El profesor inclusivo

El profesor inclusivo... ha tomado conciencia de que los alumnos son inmigrantes que enfrentan una cultura nueva; admite que esto es intrínsecamente un desafío para cualquiera, que se trata de un proceso de integración a una comunidad ajena y no de una dificultad de aprendizaje. 


Paula Carlino
(Escribir, leer y aprender en la universidad, 2005: 92)


jueves, 13 de marzo de 2014

xD

Primer acto: 
Se reúne un grupo de alcohólicos cuyos nombres coinciden: todos se llaman Juan Pérez. 

Segundo acto: 
Se reúne un grupo de alcohólicos cuyos nombres coinciden: todos se llaman Juan Pérez. 

Tercer acto: 
Se reúne un grupo de alcohólicos cuyos nombres coinciden: todos se llaman Juan Pérez. 

¿Cómo se llama la obra? 

ALCOHÓLICOS HOMÓNIMOS. 





martes, 11 de marzo de 2014

Anécdota con sabor a patria

Hoy me encuentro en Talca, llegué el pasado sábado 8 de marzo, y en un rato más vuelvo a Chillán. Y precisamente hoy 11 de marzo ocurrió el cambio de mando presidencial, y algo me llama mucho la atención: 

Llegué a Talca siendo Sebastián Piñera presidente, y volveré a Chillán siendo Michelle Bachelet la presidenta de Chile.